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Margarita Martínez

En Fobocracia, el filósofo alemán Sloterdijk analiza los fanatismos religiosos, un término que casi no utiliza. No conecta la violencia con el carácter monoteísta de la religión, en especial el Islam, lo que hace es vincularlo con el grado de absorción de la fe.

27/08/2021 

¿Es el fanatismo religioso un celo particular de la idea de un dios? ¿Cómo se puede comprender la radicalización de la violencia religiosa en el siglo XXI? Si hay una pregunta que Peter Sloterdijk (Karlsruhe, 1947) no estaba dispuesto a evitar, como gran diagnosticador de la cultura occidental, es la que se puso en juego el 11 de septiembre de 2001. Con una gran obra a sus espaldas en la que lo original no le va a la zaga a lo ambicioso, el filósofo alemán, entrenado en cruzar armas en temas tan álgidos como la biotecnología o el cinismo intelectual, aborda en Fobocracia (Godot, traducción de Nicole Narbebury) las aristas más espinosas de los “ejercicios de producción y trascendencia de uno mismo” cuando su alcance es grupal, comunitario o global.

Fobocracia, de Peter Sloterdijk. 
Editorial Godot

Fobocracia, de Peter Sloterdijk. Editorial Godot

Lo cierto es que Fobocracia (publicado en alemán en 2013 y ahora en castellano) puede ser visto como una apostilla a dos textos de 2011 y 2012 respectivamente: Celo de Dios. Sobre la lucha de los tres monoteísmos (2007), y Has de cambiar tu vida (2009), obras que el propio Sloterdijk define como de “teoría de la religión”. Pero,¿por qué esta ampliación sería necesaria y por qué Fobocracia es señalada por su autor como una nota al pie simultánea a ambos textos? ¿Qué toma de cada uno, a qué responde y en qué los completa?

Previo a todo, el gesto de responder nos remite a dos cosas. En primer lugar, al hecho de que Sloterdijk es un polemista que entiende el debate intelectual como una serie de golpes y contragolpes retóricos dentro de la cual se mueve con agudeza y plasticidad –aun si el envite a pelear no siempre dio sus frutos, como ocurrió con el lance plantado a Jürgen Habermas en 2001 para medirse respecto del fin del humanismo. En segundo lugar, responder supone que algunas de las objeciones que se le realizaron –sobre todo por Celo de Dios–, que provenían de teólogos y hermeneutas de la ley religiosa, se incluyen en una vieja cuña conocida por quienes intentaron hablar de religión desde afuera del espacio de la creencia. Es una lección aprendida antes que nada por alemanes: quien quiera determinar la parte de la historia y la parte de la fe en cualquiera de estos asuntos sabe que se arriesga a importunar como quien recibe su parte por el quiebre de un tabú.

El Papa Francisco rezando en soledad en la Basílica de Sanra María en diciembre de 2020. 
Vatican Media/Handout via REUTERS

El Papa Francisco rezando en soledad en la Basílica de Sanra María en diciembre de 2020. Vatican Media/Handout via REUTERS

Y ahí es donde interesa el giro que Sloterdijk hace en Fobocracia para pensar los fanatismos, término que, astutamente, casi no utiliza: en lugar de conectar la violencia con el carácter monoteísta de la religión, en especial el Islam, lo vincula con el grado de absorción de la fe. Si el celo en el amor a Dios, como en cualquier otro, tiene que ver con el temor a la ruptura de un pacto, el aporte de Fobocracia es analizar los términos de ese pacto sintetizado en lo que Sloterdijk denomina el “esquema del Sinaí”. Lo acontecido, según una tradición que adquiere aires ejemplares, es que una parte del pueblo judío, por orden de Moisés, habría matado a otra por ser temporalmente apóstata adoptando el rol de ejecutor celoso de la ley. La singularización y exportación de ese acuerdo originalmente judío, la más magnífica autoplástica de grupo operada entre el sincretismo y la exclusión, es el origen del terrorismo celante, porque ¿qué otorga más unicidad que una religión que nos elige, y no a la inversa? ¿Qué despierta más celos que saberse marcado para una membresía total?

Así Sloterdijk “anota” al pie sus obras previas. En Has de cambiar tu vida la religión se definía como una antropotécnica, es decir, una forma de perpetuación de grupo que, al implicar conjuntos de reglas estrictas, pretende conducir al virtuosismo moral. La nota es que la antropotécnica se vuelve exportable y expansiva. Respecto de Celo de Dios, se afirma el carácter de membresía y honor. La nota es que la violencia no sería un “desvío” que habría enturbiado una esencia atemporal y pacífica de las tres religiones del libro. Tal esencia no existió: siempre se trató de la exclusión de apóstatas y outsiders como amenazas al pacto.

Pero hay otra nota más que hace el gran valor de Fobocracia, esta vez para la Modernidad. Si la teología es un terreno demoníaco, la tolerancia es el campo de la trampa. “Solo una Modernidad que todavía apoya a quienes la rechazan está a la altura de su propio estándar”. Y en esto se juega una crítica que marca los límites de transformación del pacto arcaico. Ni las tareas de síntesis colectiva pudieron derivarse absolutamente a los sistemas políticos, ni la constitución de los derechos fundamentales, entre los cuales está la libre elección del culto, supuso la expansión de la tolerancia y menos todavía de la categoría hoy soberana de “persona” con derechos. En suma, el terrorismo celante expresa no una agresividad primaria, ni un expansionismo natural, ni un etnocentrismo ingenuo, sino que es un derivado “de la precaria prerrogativa de la severidad hacia uno mismo que, en un giro positivo, llamamos elección”. Mal que le pese esto a quienes deban aceptar que elegir puede suponer, incluso, formas de matar o de morir que, por fidelidad a la letra, ahora deben respetar.

Margarita Martínez es doctora en Ciencias Sociales (UBA), ensayista y autora de Sloterdijk y lo político (Prometeo).

https://www.clarin.com/revista-enie/peter-sloterdijk-tolerancia-religiosa-trampa_0_4s4v2IwAW.html

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