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JUAN TORTOSA 19 MARZO, 2022

Nuestras miserias domésticas y el desastre de Ucrania copan el espacio mediático hasta tal punto que apenas parece quedar lugar, y por lo visto tampoco tiempo, para dedicar a América Latina la atención que merece lo mucho que por allí está ocurriendo. La llegada a la presidencia de Chile de Gabriel Boric el pasado 11 de marzo fue sin duda un acontecimiento de primera magnitud cuya repercusión aquí, tanto en periódicos como en televisiones, tuvo un perfil vergonzosamente bajo. Sí, lo sé, ha pillado en un mal momento, pero la guerra comenzó hace menos de un mes y el desinterés de los medios españoles por lo que ocurre en nuestras tierras hermanas hace ya mucho que está muy por debajo de lo que sería preceptivo.

La toma de posesión de Boric tuvo un poder simbólico y un componente emotivo que pedía una mayor atención. El golpe militar contra Salvador Allende de hace cincuenta años no solo nos conmovió sino que su repercusión tanto en España como en el resto de Europa fue enorme. Ahora se cierra el ciclo y lo contamos de refilón. El momento en que, antes de entrar en el Palacio de la Moneda para tomar posesión de su cargo, el presidente electo rompió el protocolo y se dirigió a saludar la estatua de Allende situada en una esquina de la plaza de la Constitución de Santiago, estuvo cargada de un alto componente simbólico no solo para su país sino para quienes en su día vivimos y sentimos los crímenes de la dictadura de Pinochet como lo que eran, algo trágico y muy cercano.

¿Qué ha pasado para que todo ahora parezca mucho más lejano?¿Por qué hemos dejado de interesarnos por América Latina? ¿Quién sabe, por ejemplo, quién es Pedro Castillo, aquel maestro de escuela que llegó a la presidencia de Perú hace solo ocho meses? Como mucho nos acordamos de su sombrero pero poco sabemos del acoso al que está sometido por los poderes de siempre. Un acoso que le ha obligado a modificar su equipo gubernamental cuatro veces ya en tan corto período de tiempo merced a los exagerados poderes con los que cuenta el Congreso. ¿Quién sabe que el próximo día 28 esos mismos poderes lo van a someter a lo que allí llaman "moción de vacancia" (una especie de impeachement) para intentar echarlo del poder y la única esperanza para evitarlo es que los desestabilizadores no consigan los dos tercios de representantes necesarios para ello?

¿Quién está al tanto de que, por primera vez en la historia, Colombia puede tener un presidente de izquierdas en el mes de junio si Gustavo Petro, el candidato del bloque progresista llamado Pacto Histórico, consolida los datos obtenidos en la consulta no obligatoria del pasado domingo día 13 donde consiguió más de cuatro millones y medio de votos, el doble que el bloque uribista?

¿Sabemos que la presidenta de Honduras desde el pasado 27 de enero se llama Xiomara Castro, es la primera mujer que lo consigue en ese país, y se propone, además de luchar contra la corrupción institucionalizada, desarrollar las políticas de izquierdas que en su país dejaron de existir cuando Manuel Zelaya fue víctima de un golpe de Estado hace casi trece años?

De Brasil sí sabemos algo más, conocemos el enorme poder del lawfare, que persiguió sin descanso a Lula da Silva y a Dilma Rouseff hasta conseguir expulsar a esta última de la presidencia del país en 2016 y encarcelar a su antecesor durante más de un año. Acusados de la financiación ilegal de su partido, en diciembre de 2019 fueron absueltos pero el daño ya estaba hecho y las políticas ultraderechistas de Bolsonaro han destrozado Brasil y torpedeado los avances sociales que en su día conquistó el Partido de los Trabajadores. Si hacemos caso a las encuestas, todo puede cambiar el próximo otoño cuando Lula, el mejor situado en los sondeos, vuelva a ocupar de nuevo la presidencia.

Tanto en Chile como en Perú, Colombia, Honduras y Brasil los problemas son muy distintos, pero todos necesitan consolidar los pilares del bienestar: salud, educación y protección social. En palabras de Ramón Jáuregui, "la aproximación ideológica de los nuevos gobiernos en el sur de América podría permitir abordar con más realismo y menos tensiones nacionales su integración regional y dar pasos así en favor de armonizar sus ordenamientos jurídicos para hacer posible la libre competencia de sus servicios, para atraer inversiones y para desarrollar grandes infraestructuras físicas y tecnológicas comunes".

Todo es muy complejo, es cierto, y cualquier análisis exige la mayor de las prudencias, pero lo que está ocurriendo en América Latina es un síntoma del fracaso de las políticas neoliberales y demuestra la fuerza del voto de quienes durante años han sido sus víctimas. Los poderes que no se presentan a las elecciones se resisten con todas sus fuerzas y sus adláteres mediáticos, financieros, jurídicos y empresariales (¿les suena?) hacen todo lo posible por torpedear cualquier avance social. Está bien que nos estén dando toda una lección.

Como le dijo Pepe Mujica a Gabriel Boric por videoconferencia pocos días antes de la toma de posesión de este último, "una sociedad puede tener un gran éxito económico pero a la vez también una enorme deuda social terrible ¿Qué sentido tiene –añadió el ex presidente uruguayo- el crecimiento de la economía si no se eleva el fondo de la sociedad y si la prosperidad no se reparte?"

https://blogs.publico.es/juan-tortosa/2022/03/19/el-avance-de-las-izquierdas-en-america-latina/

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